Conclusion

Al estallar ña guerra los contendientes mostraron sus verdaderos rostros. Se apagaron sus fuegos y los pensamientos proféticos de los héroes iluminados se cumplieron. España se esforzó siempre por no perder a su hija más preciada. En la lucha por mantener su presencia orgullosa en el Caribe, donde ahora flameaban las banderas de naciones más poderosas, que la habían desplazado de su liderazgo imperial; hizo concesiones inimaginables en su historia de altivez. Pero todo fue en vano. Paralelamente se libró una guerra de noticias, cuya confrontación revela que las informaciones generadas en EEUU, sobre los avances y victorias de los insurrectos, fueron siempre contradecidas por la versión oficial española, quien siempre se apropió de las victorias. Este juego fue posible por la escasez casi total de observadores neutrales de la contienda, por la fuerte censura que oponía el sistema colonial español, a la prensa local y extranjera. El tímido sentimiento americanista, a favor de una Cuba libre e independiente, comenzó a cobrar fuerza a fines de 1896, cuando se conoció la noticia de la muerte de Antonio Maceo, en una traidora emboscada, cuando el valiente general se dirigía a parlamentar con un bando español, una posible tregua. Pero la suerte de Cuba ya estaba echada, el campo rebelde y la tozudez española, posibilitaban el avance de los fines perseguidos por la mayoría de los norteamericanos. Entonces la opinión pública decidió terminar con la cuestión. Azuzada por sectores interesados, como lo eran los delegados cubanos de la revolución, quienes realizaron grandes campañas en favor de la causa cubana, denunciando las arbitrariedades del gobierno español, al que por otra parte consideraban único adversario; los empresarios azucareros y tabacaleros apurados por restablecer sus negocios; los grupos políticos siempre ávidos de extender su “destino manifiesto”; y por supuesto el sentido humanitario de la sociedad en general que clamaba por el fin de las calamidades que padecían sus conciudadanos y las del pueblo cubano en general, cuya causa creían justa. Se exigía a España renunciara a su soberanía sobre la isla y se ordenaba al Presidente que hiciera cumplir lo anterior, para lo cual confería poderes suficientes para usar las fuerzas militares y navales de la nación. Calixto García y Máximo Gómez acataron no sin reconvenciones y recelos, la orden del Consejo de Gobierno de aceptar la jefatura del alto mando norteamericano. Calixto García reconoció que el Consejo de Gobierno había muerto al entregarle al presidente McKinley el mando de las fuerzas del ejército cubano, admitiendo con ello la necesidad de intervención de EEUU. Y consideraba que al Consejo de gobierno no le quedaba más que entregar su autoridad al pueblo revolucionario, que lo había tenido hasta ahora como el poder supremo del Estado. El razonamiento de Calixto para negarle su apoyo al Consejo de gobierno, se basaba en el hecho de que éste no sería reconocido por los EEUU, por sus deficiencias estructurales e incapacidad. No cabe la menor duda de que éste era un enfoque de la realidad muy ingenuo. El gobierno yanqui no reconocía al Consejo de Gobierno, simplemente porque era su política ignorar a las autoridades cubanas, no porque éstas estuvieran deficientemente constituidas. Pero seguramente, Calixto García comprendió la necesidad de que una vez consumada la intervención armada norteamericana, habría que luchar junto a los norteamericanos en primera línea y no permitir que el pabellón extranjero flotase en el viento de su tierra, sin que a su lado lo hiciere el de Cuba. Posiblemente, este proceder de los políticos revolucionarios cubanos se debió a la confusión política que reinaba en aquella época y sobre todo a su concepción y formación liberal; la cual les impidió comprender que la acción política y la lucha de masas podía traducirse en un poderoso movimiento capaz de modificar la situación. La ausencia de José Martí y de Antonio Maceo, se hacía sentir, más que nunca, en aquellos momentos cruciales de la historia de Cuba. Así lo interpretó el Diario “Los Andes” de la ciudad de Mendoza, Argentina. A través de los artículos que publicó durante el desarrollo de la guerra. Mendoza, alejada por la distancia de los fuegos de la guerra, tuvo sin embargo un interés permanente por lo que acontecía en Cuba. A pesar, según hemos visto, de la fuerte presencia de los intereses españoles que se hallaban establecidos en la Provincia. Sin embargo, el espíritu crítico del fundador del Diario, estaba presente también en los artículos y prueba de ello es el fuerte apoyo a la independencia de Cuba. Es que en el fondo, la problemática de la guerra universaliza el espíritu del hombre, se encuentre donde se encuentre y sean quienes fueren los contendientes. Con más fuerza se solidarizó entonces con aquel distante pero hermano espacio cultural, ese espíritu adormecido junto a la Cordillera de Los Andes, habitante provinciano y orgulloso de su cuna. Valle de antiguas gestas emancipadoras sudamericanas. Simiente que aguarda, cien años después de la victoria de Cuba, el despertar de una nueva era de hombres que ilumine la unidad de toda Latinoamérica, en la gesta definitiva que la libere de su forzado enclaustramiento, como entiendo y trata el maestro Leopoldo Zea en su texto: “La esencia de lo americano”.

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